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lunes, 25 de julio de 2011

Amar en Madrid, retrato umbraliano de un pueblo grande.

Cada cierto tiempo hay que volver a Umbral, para oxigenarse, para respirar literatura, para meterse en sus gafas y ver a través de su perspicaz mirada y para caminar por las calles de Madrid, esa aldea gigante que Paco tan bien conocía y que tan bien ha retratado y explicado.

Umbral decía que Madrid es un género literario, por su historia, por sus escritores, por sus tertulias, por sus personajes, y a ese género dedicó bastantes de sus numerosísimos libros. Novelas que reflejan Madrid a través de la segunda mitad del siglo XX, viviendo entre el casticismo y la modernidad, entre el franquismo y la movida, entre el tintorro y el whisky, entre cuadros y libros, en definitiva, entre ese pueblo grande que era Madrid y la cosmopolita urbe que es hoy en día.

“Amar en Madrid” no es una novela si no una recopilación de artículos donde la capital es protagonista o marco de personajes varios. “Amar en Madrid” es un conjunto de miradas y retratos de los madrileños o demás gentes que habitan o pasan por esta ciudad con ánimo de triunfar, divertirse, mendigar o simplemente vivir. Publicado en 1972 el Madrid que detalla Umbral en estas columnas es un Madrid que mira hacia al futuro con un deje muy andaluz, muy rústico y tabernero, como dice Paco: Andalucía empieza en Madrid.

Los puntos de vista con los que Madrid es retratada son muchos y casi siempre a través de diversos y variopintos personajes, desde gitanos hambrientos a señoronas de Serrano, desde camareros de cafés a estrellas de tablao, desde grises y desencantados taxistas a escritores malditos. La variedad de protagonistas es magnífica y riquísima en detalles: hippies de Santa Ana, jugadores de partidas clandestinas, respetuosas, gente guapa del barrio de Salamanca, aspirantes a ministro que ven como pasa su vida sin posibilidad de perdurar, jóvenes que delinquen en la Casa Campo porque la vida no les ofrece más opción, viejos que no les gusta el hogar y cada día arriesgan su vida al escaparse a la frenética y muchas veces hostil ciudad etc.

Leer Madrid a través de Umbral es pasear con los ojos bien abiertos por todos y cada uno de los madriles existentes, barriadas periféricas llenas de trabajo y hambre, calles céntricas inundadas de noctámbulos soñadores, cafés rebosantes de tertulias intelectuales, incluso playas cuando Madrid tenía playa...

Si quieres saber cómo era el Madrid de principios de los 70 desde todas sus aristas, desde cualquiera de las 24 horas del día, entonces tienes que tomar a Umbral del brazo y dejarte guiar por este fabuloso cicerone, este cronista excelente y genuino que fue Francisco Umbral.

Por Caarte.

domingo, 20 de marzo de 2011

Un Paris inagotable

Rincones, Idolos y Recuerdos. Un Paris que no se acaba nunca.

     Si has paseado por Pere Lachaise para poner una piedra sobre la tumba de Modigliani, te has sentado a escuchar el silencio, pensando en él, entonces sabes que Paris no se acaba nunca.
 
     Si le has dejado una rosa a Edith Piaf y te has sorprendido ante el desamparado reposo del talento de Jim Morrison…

   
    
     Si has caminado por Rue Amyot mirando al cielo desde el que Jean Hebuterne se dejó caer, desde el balcón de ese quinto piso del número 8, si has imaginado su cuerpo lleno de vida, pero absorbido por la muerte, en el suelo. Entonces sabes que Paris no se acaba nunca.

     Si has conseguido sentarte en el Café de Flore, en la silla donde Jean-Paul Sartre fumaba en pipa, escribía La Nausea y charlaba con Simon de Beauvoir. Solo un café mas de los muchos que acogieron la esperanza, la inspiración de tantos artistas.


Si has vagado por las calles como Brando cuando rodaba “El último tango en Paris”.
Si has perdido el tiempo, perdido tú entre las esculturas exquisitas, llenas de fuerza, de tensión y de paz y equilibrio a la vez, por los jardines del Museo Rodin. Entonces sabes que siempre nos quedará Paris.

 



















Si has pensado en ser pobre y feliz en Paris, como Hemingway, cazando palomas en los jardines de Rosa de Luxemburgo. Aprobando las dimensiones del pene de Scott Fitzgerald en el lavabo de un bar, posiblemente el del Petit Bar. Entonces sabes que Paris era una fiesta.

Si caminando cuesta arriba y cuesta abajo por las calles de Montmartre en busca del tiovivo de Amelie y su bar, te has perdido incapaz de encontrar su propio mundo de colores y fantasías.
Si has buscado la esquina de Place Des Vosgues donde se encuentra la casa de Victor Hugo para luego saltarte la valla del parque y sentarte a respirar aire del frio invierno.

Si en Bateau-Lavoir has rememorado a Pablo Picasso y otros pobres artistas que vivieron y trabajaron en comuna. Y en “Au Lapin Agile”, en el número 22 de la rue Saules te has sentado en el banquito donde reposaban la borrachera Modigliani y otros contemporáneos antes de dejarse caer por las calles hasta llegar a sus áticos respectivos, posiblemente en el barrio latino. Entonces sabes que Paris era una fiesta.


Porque Paris no se acaba nunca.

Texto y Fotografia por Ardemo.