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miércoles, 16 de noviembre de 2011

La 3ª de Gorecki, un profundo lamento

Henryk Gorecki nos dejó hace ahora un año y con él se fue uno de los compositores más representativos de lo que se ha llamado música minimalista. Nacido en 1933, Gorecki fue en su primera etapa un compositor vanguardista y experimental donde su música era atonal y llena de disonancias, más adelante, en los años 70 Gorecki abandona este estilo para adentrarse en unos cánones más clásicos y escribir música tonal. De esta segunda época es su obra más conocida, la tercera sinfonía o “Sinfonía de las lamentaciones” donde el tema central es el amor de madre, y el dolor de esta ante la pérdida del hijo o hija.

La sinfonía consta de 3 movimientos, todos lentos, siendo la duración normal alrededor de 50 minutos, 50 minutos de una profundidad y paz inigualable. Al escuchar esta obra te sumerges en un océano de calma que rara vez se embravece. La obra está compuesta bajo las premisas de armonías y melodías sencillas y lineales pero no carentes de una belleza extrema. Una soprano acompañada de orquesta son las encargadas de interpretar esta auténtica maravilla musical del siglo XX.

El primer movimiento es la mitad de la sinfonía en cuanto duración y en él la soprano pone voz a un texto del siglo XV inspirado en canciones religiosas de la época donde La Virgen María se despide de su hijo en la cruz.

Mi querido hijo, mi predilecto,
comparte las heridas con tu madre.
Ya que he sido yo, querido hijo, quien te ha llevado en el corazón
y quien tan fielmente te ha servido.
Háblale a tu madre para hacerla feliz,
pues ya me abandonas, dulce esperanza mía.

El segundo movimiento está basado en unas pintadas que se encontraron en una cárcel del sur de Polonia, exactamente en Zakopane, una localidad en medio de las montañas. En aquella cárcel los nazis aprisionaron a parte de la población polaca conquistada, y entre escritos de rabia y odio en esas paredes había unas frases que llamaron poderosamente la atención de Gorecki, fueron escritas por una joven de 18 años (Helena Wanda) que lejos de sentir enojo e impotencia ante su situación lo que hizo es mostrar compasión y acordarse de su madre que era la verdadera sufridora de su desgracia.

Mamá, no llores, no.
Inmaculada Reina de los Cielos,
Apóyame siempre.
Ave María, llena eres de gracia.

Gorecki envuelve este movimiento con lo que quiere ser el viento que reina en aquellas montañas. Realmente conmovedor.

Para el tercer movimiento Gorecki echó mano de una canción popular polaca que hace alusión a una madre que llora desconsolada la pérdida de su hijo en la guerra allá por 1920. La carga emotiva de las palabras de la madre a Gorecki le parecieron dignas de una auténtica poetisa por lo que no dudó en incluirlas en su sinfonía.

Oh cantad para él,
pajarillos cantores de Dios
porque su madre
no puede hallarlo.

Y vosotros, florecillas de Dios,
floreced a su alrededor
para que al menos mi hijo
pueda disfrutar soñando.

Una sinfonía llena de ternura, hondura y sosiego que te arranca del bullicio cotidiano y te transporta a un estadio superior de verdadera paz.

Por Caarte.

martes, 14 de junio de 2011

La 3ª de Mahler, apoteósis máxima

Gustav Mahler (1860-1911) creía que el componer una sinfonía era una oportunidad única para crear un mundo, disponía de todos los elementos para hacer nacer un mundo sonoro pleno y total. Con esta tercera el pequeño gran hombre que era Mahler consiguió de sobra su propósito y escribió su obra mas monumental, una oda a la naturaleza, una declaración de amor a todos los elementos de la vida. Hasta ese momento se seguía el modelo clásico de Haydn de 4 movimientos (salvo alguna excepción como la Pastoral de Beethoven de 5 movimientos) y las sinfonías tenían una máxima duracion de 70-75 minutos, pues bien Mahler en esta inconmensurable obra escribe 6 movimientos con una duración de entre 90 y 100 minutos!

Gustav Mahler solía escribir siempre en verano ya que es cuando su éxitosa carrera como director de orquesta se lo permitía, solía reclutarse en una pequeña cabaña en medio de la naturaleza con vistas a un lago y allí en medio de ese idílico entorno es donde la música le brotaba a borbotones y donde la genialidad fluía.

"Mi sinfonía será algo que el mundo jamás ha escuchado. En ella, la Naturaleza misma toma voz y dice secretos tan profundos que quizá se han escuchado únicamente entre sueños, un día el mundo se dará cuenta" y es que Mahler por su condición de judío o por su caracter innovador no fué un compositor aclamado en su tiempo, ha sido en la segunda mitad del siglo XX cuando sus obras empezaron a tocarse asiduamente en los teatros de todo el mundo hasta convertirse en el sinfonista mas interpretado junto con Beethoven.

Este himno a la naturaleza comienza con el movimiento mas largo jamás escrito por Mahler, mas de media hora de magnífica música donde Gustav representa la belleza de la naturaleza y la intromisión del hombre y su caracter destructor, algunos indican que es un presagio de lo que el hombre y sus ejercitos van a hacer con el siglo XX.

El segundo movimiento "Lo que me dicen las flores de la pradera" es un pasaje bucólico en toda regla y es por ello que se puede considerar a esta tercera como la Pastoral de Mahler, movimiento muy liviano y dulce que se hace muy agradable a los oídos.

El tercer movimiento "Lo que me dicen los animales del bosque" es un movimiento que crece y donde uno puede sentir la fuerza animal en sus compases, desde la cálida inocencia de los pequeños animalitos que corretean por el bosque hasta la fuerza arrolladora de los animales más fieros.

En esta sinfonía aparte de una numerosa orquesta también intervienen un coro de mujeres, un coro de niños y una contralto que es en este cuarto movimiento donde hace acto de presencia. En "Lo que me dice la humanidad" la solista canta un poema incluído en "Asi habló Zaratrusta" de Nietzsche, el filósofo más influyente de la época. El ser humano reflexiona en voz alta sobre su presencia en este mundo tan bello y eterno, la hermosura de este movimiento es sublime, poco mas se puede añadir.

"Lo que me dicen los angeles" es el quinto movimiento y está protagonizado por los dos coros, la contralto y la orquesta aunque sin la participación de los violines. En esta escala del mundo y de la vida que representa Mahler en esta sinfonía empiezan a verse elementos celestiales que concluirán de manera plena en el sexto y último movimiento.

"Lo que me dice el amor" es  un magnífico colofón al derroche de música que es la tercera sinfonía de Mahler, un extensísimo adagio de una delicadeza exquisíta que nunca muere, que no quiere acabar ante tanta belleza. En ese movimiento se alcanza el éxtasis total, despues de haber conocido al mundo en todas sus vertientes la sinfonía nos eleva a las cotas más altas, representadas en el amor y nos deja disfrutar del paisaje único y eterno que es la creación de Dios. El final, con los redobles de percusíón es apoteósico y no se puede evitar la sensación de plenitud al terminar el último compás, más no se puede pedir, una auténtica obra maestra.

Por Caarte.

viernes, 25 de marzo de 2011

Las 4 últimas canciones de Richard Strauss

Cuando uno ve que se acaba su vida, cuando uno ve que sus días están llegando a su fin, cuando la oscuridad acecha y la eternidad llama a la puerta, la nostalgia todo lo inunda y la melancolía se filtra por todos los poros del cuerpo, si encima eres músico y te llamas Richard Strauss entonces puedes ser capaz de escribir una de las páginas más bellas músical y líricamente hablando de la historia de la música.

A los 84 años y sintiendo ya la cercanía de la muerte Richard Strauss descubrió un poema de Joseph von Eichendorff: “En el crepúsculo” con el cual se sintió muy identificado ya que versaba precisamente sobre la despedida de la vida y una postrera mirada al pasado y a la casi extinguida existencia junto a su mujer y compañera de viaje. El compositor escribió una pieza musical para soprano y orquesta sobre el poema donde alcanzó unas cotas de éxtasis sonoro inimaginable, al oírlo no cabe otra opción que ser absorbido por la belleza de la música y recibir serena y plácidamente la llegada de la eternidad. Si uno al morirse se muere así no debe importar mucho despedirse de este mundo.

A los pocos meses de escribir esta pieza musical Strauss leía poemas de su amigo y admirado Herman Hesse, uno de los escritores alemanes más grandes de todos los tiempos y autor de famosísimas novelas como “El lobo estepario” o “El juego de los abalorios”. De esas lecturas Strauss recogió tres poemas que hacían referencia a la naturaleza y al sueño infinito: “Primavera”, “Septiembre” y “Al irme a dormir”. Al igual que hizo con el poema de von Eichendorff, musicó también estas tres poesías y dejó el mejor testamento musical posible: cuatro canciones para soprano y orquesta con las cuales será recordado por los siglos de los siglos.

Strauss no pudo oír estas últimas composiciones suyas en concierto ya que murió a los pocos meses de finalizar su magnífica creación (8-septiembre-1949), es más, él no pensó que los tres poemas de Hesse acabarían con el paso del tiempo uniéndose al poema de Josep von Eichendorff y llamándose “Las cuatro últimas canciones”, como se puede deducir este nombre es simplemente el resultado de haber sido las últimas composiciones del genio alemán.

Si existe el más allá, la música que allí suene no puede diferir mucho de las cuatro piezas que Richard Strauss compuso entre la vida y la muerte.
“En el crepúsculo”

Hemos ido de la mano
por alegrías y penas,
ahora descansaremos de nuestros andares
aquí, sobre el paisaje silencioso.

Los valles se alejan cuesta abajo,
el aire se vuelve oscuro ya,
y solo quedan dos alondras
que ascienden sobre los aromas.

Ven, deja que aleteen,
pronto será hora de dormir
y no debemos perdernos
en esta soledad.

Oh paz ancha y tranquila,
tan profunda en el crepúsculo,
que cansados estamos de caminar.
¿Será esto, entonces, la muerte?


Por Caarte.

miércoles, 26 de enero de 2011

La 6ª sinfonía de Mahler

Mahler no quería que sus sinfonías fueran programadas en los conciertos junto con otras obras, y así lo expresó porque deseaba que los oyentes de sus monumentales composiciones fueran abducidos por el torrente de sonido, temas y expresiones de su música, no dejando lugar a nada más, aislarse del mundo por hora y media y entrar en contacto con la vida, la muerte, el sufrimiento, la naturaleza, etc. Y ciertamente Gustav Mahler consigue ese efecto en el espectador que entra en el teatro con sus problemas, sus alegrías y sus minucias, y de repente se ve envuelto en el mundo mahleriano, en un mundo de idas y venidas de enorme complejidad y absoluta totalidad.

“Mi sexta sinfonía plantea un enigma cuya resolución solamente la gozará aquella generación que haya digerido mis otras cinco sinfonías”, la sexta sinfonía de Mahler es de una notable complejidad, como todas las suyas, pero esta si cabe un poco más, no es fácil de oír y disfrutar y está repleta de cambios ambientales y de distintos escenarios anímicos.

En boca de su esposa Alma Mahler ninguna otra sinfonía es tan autobiográfica como la sexta, "ninguna llega tan directamente del fondo del corazón como esta, es la mas personal de todas a la vez que profética”. Bautizada como “La Trágica” el argumento principal de la composición es la lucha del hombre contra el destino, la lucha del hombre contra la muerte.

La lucha es patente sobre todo en el primer movimiento, donde una marcha triunfante preside el movimiento, escrito en la manera clásica de forma sonata el movimiento descansa en un pasaje muy lírico para luego volver a la lucha.

El segundo movimiento y el tercero son alternados en función del director que ose interpretar la obra, así lo hizo Mahler en su día colocando el tierno y bellísimo andante en segundo lugar o siendo este segundo movimiento ocupado por el magnífico a la vez que riquísimo en matices scherzo.

La apoteosis de la sinfonía llega con el cuarto movimiento, un finale de mas de media hora de duración donde llegamos al desenlace de toda la tensión acumulada durante los tres movimientos anteriores, es la lucha propiamente dicha, con sus crecidas en fuerza, sus descansos, sus subidas y bajadas, su energía y debilidad. Mientras escribía esta obra en 1903 y 1904 el compositor recorría uno de los pasajes mas felices y distendidos en su sufridora y problemática vida, se había casado y tenía una hija, aún así la sinfonía le salió trágica plenamente, puede que fuera por el carácter profético que anuncia ya que al poco la vida le va a deparar tres golpes muy duros y de los que jamás se podrá recuperar: la muerte de su hija de cuatro años de edad, su dimisión de la ópera de Viena por su condición judía y el diagnóstico de una afección cardiaca que acabaría con su vida años después, es por ello que unos años mas adelante Mahler suprimiría uno de sus tres imponentes martillazos del cuarto movimiento, debido a su carácter supersticioso no deseaba que el martillo pudiera ser una metáfora de su propia vida.

A diferencia de casi el resto de sus sinfonías donde el desenlace es esperanzador y triunfante, en esta su sexta sinfonía, Mahler se resigna a la dura realidad, esa realidad donde la muerte (no solo del hombre sino de una manera de entender el mundo) se impone a la vida del impetuoso pero pequeño ser humano. La sinfonía acaba de una manera realmente trágica, en medio de la lucha se desencadena el inesperado final, la expiración del combatiente nos pilla a todos por sorpresa, no hay lugar para esos finales tan grandiosos y culminantes que oímos en otras de sus diez sinfonías.

Por Caarte.


miércoles, 17 de noviembre de 2010

El concierto para violín de Beethoven

Ludwing van Beethoven es para muchos el músico más grande que jamás existió, solo Bach y Mozart osan hacerle competencia en tan inútil a la vez que socorrido título. Ello es debido principalmente a sus sonatas para piano, cuartetos de cuerda, conciertos para piano y sinfonías, en estos cuatro géneros el genio de Bonn desplega toda su maestría, destreza y grandeza. Tras él, la música cambió su función en la sociedad, dejó de ser la acompañante de reuniones de diversa índole para ser un Arte con mayúsculas, digno de admirar, expresión de los sentimientos humanos mas elevados, espejo de la naturaleza y reflejo de los nuevos vientos de libertad que trajo la revolución francesa primero y Napoleón Bonaparte después, del cual Beethoven era un ferviente admirador en un principio para mas adelante pasar a ser su mas grande decepción, una vez que aquel traicionó sus principios de libertad en favor de una ostentación del poder excesiva.
El concierto para violín no fue un género en el que se prodigó, de hecho solo escribió uno, y lo hizo como encargo del violinista mas afamado del momento, Franz Clement, músico que le ayudó mucho en la composición de su también única ópera Fidelio.
En su primer movimiento, un Allegro ma non troppo, ya vislumbramos que estamos ante una obra inmensa, de las que pasan a la posteridad, el comienzo orquestal está protagonizado por un tema que se repetirá a lo largo del movimiento y que es muy genuino de Beethoven, golpes secos que tejen una melodía poderosa, trágica a la vez que bella, una vez entra en escena el violín solista la riqueza ornamental es inagotable y el baile que realiza con la orquesta a lo largo de los casi 25 minutos! le confieren la categoría de composición sinfónica.
El tradicional segundo movimiento lento es un Larguetto de una belleza inmensa donde el violín flota por encima del mar en calma que dibuja el resto de la orquesta.
Sin pausa entre un movimiento y otro (al igual que en el concierto para piano nº5) comienza el tercer movimiento, donde regresa la fuerza con un tema muy impetuoso a la vez que agradable de escuchar, que no abandona en todo el movimiento, este da paso al alegre virtuosismo del violín y finalmente vuelve el poderío característico de una orquesta beethoviana para cerrar la obra.

por Caarte

Rondo, movimiento 3º